Las ficciones pictóricas de Javier Carricajo



Beatriz Vignoli


En sus monumentales lienzos al óleo, Javier Carricajo combina la técnica de la pintura flamenca y veneciana con la sintaxis visual del cine de suspenso del siglo XX para lograr imágenes ficticias inquietantes. Sus pinturas realistas pretenden jugar con lo verosímil en el límite de lo inverosímil. La escena no es el registro de un instante. El boceto proviene de un montaje de fotos tomadas en estudio por el propio artista. Inspirado por el cine de Alfred Hitchcock (aquel maestro del fuera de campo), Carricajo logra extraer efectos ominosos de la inminencia del próximo fotograma.


Últimamente me interesa más una cuestión de gestualidad y casi de cierta intriga, de insinuar una situación que no se termina de entender, como de una escena incompleta, que pertenezca a algo que se continúa en varias pinturas pero no se sabe dónde termina ni dónde empieza. Me interesa generar ese tipo de tensiones que me sugieren algo que yo no termino de entender. Porque si se me da una imagen completa y terminada no le veo el chiste. Hay una cuestión en cierta forma de suspenso/terror, ese suspenso en que no se sabe lo que va a venir, que es algo muy Hitchcock, en que podría pasar cualquier cosa...”. (Javier Carricajo, entrevista ínédita, 21 de octubre de 2008).


Algo de eso temido que se sugiere fuera del cuadro lo vincula también a cierta cultura muy contemporánea de la imagen embarazosa, acaso perversa, a esas instantáneas de situaciones confusas con que seres anónimos se exhiben en Internet. Dos autorretratos, uno de 2007 y otro de 2009, lo muestran al pintor en imágenes de sí mismo que pese al breve tiempo transcurrido son completamente distintas. En el primero, sentado, de cabello largo y gafas, con un bloc de dibujo en la falda, Carricajo se representa como un dibujante acecho de su tema. Su perro caniche salta, juguetón, a su lado. Las figuras forman una composición en pirámide, al estilo renacentista. El respaldo de la silla, frontal, presenta un ángulo recto que quiebra una de las diagonales.

Contrastando con este retrato “juvenil”, en el otro está de frente, con el pelo corto al rape. Sostiene en sus manos una inmensa paleta y le sirve de fondo una de sus obras. Salvo la remera moderna, tanto la pose como la actitud de la figura del artista y la luz, llena de penumbras, que forma sus claroscuros y volúmenes, remiten a los retratos de mártires del barroco tenebrista de la Contrarreforma. “Un cuadro es una sentencia”, ha declarado el autor y cada uno de sus cuadros es un caso de esta ley general. En especial éstos, donde los elementos iconográficos se cargan de un sentido iconológico legible.

La crítica y curadora Ana Martínez Quijano habla de “desplazamientos y fusiones” para referirse a los pintores que conciben fotográficamente la imagen (Carricajo, entre ellos) y los fotógrafos que la piensan pictóricamente. El nuevo realismo humanista de Javier Carricajo y sus pares locales (Juan Balaguer, Paula Grazzini, Mario Godoy, Pedro Iacomuzzi o Jorgelina Toya) no debe ser confundido con un mero fotorrealismo. Es una nueva tendencia que se asienta en los hiperrealismos de los 70 (con representantes en Argentina como Juan Pablo Renzi, Diana Dowek o Pablo Suárez) para ir más allá de la foto como documento, en busca de la pintura como simulacro. Lo que los une es una honda conciencia del carácter ficcional de la imagen. O de lo que Platón en El Sofista llamaba la mímesis phantastiké, “el arte de la fantasmagoría”.



Rosario (Santa Fe, Argentina), mayo de 2010